Me adelanto con la mano extendida…
¡Vaya por Dios (Dios: Ser Supremo de orden espiritual), amigo ALFA!. Ni una carta, ni un gesto, ni una señal de haber recibido mis mensajes tan ilustrativos y que tanto me cuesta escribir.
Aparte la desagradable posibilidad de que no los hayas recibido y yo esté haciendo el canelo, también, puede que los recibieras y no hayas entendido un pijo (pijo: parte exterior y muy apreciada del órgano reproductor del humano macho).
Y es que el género humano es difícil de entender. Como individuo, imposible entenderlo: cada uno es un mundo. Como sociedad, parecía más sencillo cuando todo lo que “existía” era lo que estaba cerca, y no había medios de comunicación, ni alta tecnología audiovisual, ni globalización, ni BLOGS, ni técnicas de marketing, ni otras invenciones de las que alargan -como decía mi abuela- el brazo más que la manga.
Hasta no hace mucho, un individuo humano tenía referencia de sí, de sus familiares, de los de su pueblo y de algún forastero que, si conseguía pasar con buena nota la fase de persecución a cantazos por los chiquillos, y otros usos locales de tanteo, pasaba a ser el elemento exótico del paisaje local.
Luego estaban los viajados. Generalmente, hijos de los señoritos del pueblo que abandonaban pronto la escuela local para ir a estudiar a la capital de la provincia o, incluso, a la del reino. Lo de estudiar en el extranjero era tan minoritario que no ilustra una categoría.
Esos señoritos, no siempre eran hijos de los señores de toda la vida. Muy frecuentemente, lo eran de sus capataces y apoderados quienes, como la misma palabra indica, acababan “apoderándose” de las posesiones de nobles y señores de toda la vida que a fuerza de tenerlas desde siempre, eran unos descuidados con sus cosas. Pues, esos señoritos, estudiasen o no, aprendían tales mañas en la capital que, con llamativa frecuencia, conseguían situarse en la política en puestos que les permitían consolidar el expolio de que sus padres habían hecho objeto a los ancestrales dueños de vidas y haciendas de sus terruños. Para eso, en España, encontramos ejemplos dignos de modelo estadístico en el siglo XIX (siglo: unidad de tiempo de 100 años que contiene otras unidades de referencia, fundamentalmente históricas).
Estos aventajados vástagos de los astutos “hombres de confianza” de nobles y terratenientes de toda la vida, que se ganaron a pulso el nombre de “caciques” (tomado de otro expolio del que te hablaré algún día), tras limpiar por arriba, miraron hacia abjao y descubrieron, también, las excelencias de la apropiación de la tierras comunales (aunque sus métodos productivos en España nunca fueron muy depurados porque a los nuevos señoritos, les tiraba más jugar a gran señor que a empresario moderno. Los ingleses eran mucho mejores en eso) y, a lo tonto a lo tonto, esta nueva forma de acumular propiedad privada aceleró el desahucio de los menos favorecidos. Consecuencia: su exilio masivo a las grandes ciudades industriales, transformándose de míseros propietarios o arrendatarios de tierras ajenas en abundante oferta de mano de obra barata para la industria, también ajena.
Y ahí entraron los revolucionarios. Los nuevos reventadores de privilegios de los beneficiarios de la Revolución francesa. Porque esos beneficiarios, después de luchar con el pueblo llano codo con codo, en cuanto consiguieron consolidar sus posiciones de clase, pasaron del pueblo llano como de la miér…coles.
En fin, con excepciones como siempre, las cosas estaban más o menos claras: en Occidente había una DERECHA, la clase burguesa, heredera de la Revolución francesa, partidaria de -una vez alcanzados sus objetivos de clase- “dejar hacer, dejar pasar” (es decir, si te han repartido buenas cartas, genial y si no apáñatelas, majete) y una IZQUIERDA formada por la clase obrera y los intelectuales (tipos con estudios rebotados de la clase burguesa) que seguían empeñados en que LIBERTAD, IGUALDAD Y FRATERNIDAD fuera para todos. Que ya estaba bien, que ellos habían peleado en primera línea por los Derechos del Hombre y del Ciudadano y que, al final, no les había tocado en el reparto más que las tortas.
Y, así siguieron, peleando unos contra otros desde partidos políticos, países, bloques de poder y otras alineaciones y ocurrencias, incluidas 2 guerras mundiales, unos cuantos regímenes totalitarios (de esos de, “total, como tenemos razón, nadie tiene porqué opinar”) en ambos bandos ideológicos, con muertos pa aburrir.
A pesar de todo, seguía quedando claro que, por una parte, están los que piensan que lo de apañárselas es cosa de cada uno (con ayuda de la familia y los roperos de caridad) y que siempre hubo ricos y pobres. Y, por otra parte, quienes piensan que todo individuo, solo por el hecho de haber nacido, tiene derecho a esperar que la Sociedad (es decir, el Estado) haga lo posible para garantizarle unos mínimos de sanidad, vivienda, educación y trabajo. Una nueva representación de la vieja polémica entre Hobbes y Spinoza, Adam Smith y Jesucristo.
Y, ¿ahora?, ¿qué demonios ha ocurrido con las ideologías que sus perfiles, métodos, apariencia y objetivos están tan confusos, maquillados y desorientados?. ¿Quien conoce qué de los orígenes y metas de sus supuestas posiciones políticas y sociales? ¿Quien se interesa por saber quien es qué, si lo es o solo lo parece?. Y, sobre todo, ¿quienes salen ganado con este mover de sillas y caretas?. Empiezo a creer que mi amigo Javier tenía razón y que la culpa es de la invención del Marketing (marketing: técnica combinada de psicología de masas, sociología, retórica, imagen y planificación extratégica expansiva, encaminada a convencer a las masas consumidoras -y votantes- de…cualquier cosa)
Puede que me repita y ya lo haya contado en algún otro escrito de este BLOG. No me importa porque viene muy a cuento: A un gran amigo, muy llorado, gran artista y poseedor de una excepcional lucidez -además de muchos otros dones, como el de la Amistad- le preguntaron en una rueda de prensa, (no recuerdo a cuenta de qué) cuales eran, a su juicio, los grandes males del siglo XX.
- “Dos” –contestó sin dudarlo- “El Marketing y el SIDA”.
Alguien apostilló:
- “¡Hombre!. No serán igual de malos”.
- “¡Claro que no! -respondió el artista- porque al SIDA le encontrarán un antídoto o una vacuna un día de estos. Pero los efectos del marketing sobre las sociedades y las conciencias ya no tiene remedio”.